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El laberinto azul, de Douglas Preston y Lincoln Child

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labertinto azul

SINOPSIS DE EL LABERINTO AZUL

El cadáver de Alban, el hijo de Pendergast, aparece en la puerta de la mansión del agente del FBI. Tratando de investigar quién es el autor del asesinato, Pendergast se ve envuelto en una lucha por salvar su propia vida que le lleva a un viejo hotel abandonado en California y a las fabelas de Río de Janeiro. A pesar de las reticencias del agente especial a aceptar la ayuda de sus amigos, su pupila Constance, la doctora Margo Green y el teniente Vincent D’Agosta jugarán un papel clave en la resolución del enigma.

CRÍTICA DE LABERINTO AZUL

Con “El laberinto azul” se constata el ya anunciado declive de la saga de novelas centradas en el agente especial Aloysius Pendergast. Si desde que se iniciara el ciclo centrado en la mujer y los hijos de Pendergast el nivel de las novelas había ido descendiendo de forma considerable, “El laberinto azul” muestra que las únicas herramientas que los autores tienen para tratar de revitalizar la saga son las que ya conocemos.

En primer lugar, el agente Pendergast, protagonista indiscutible de una novela que intenta en ocasiones ser coral sin conseguirlo, nos resulta por primera vez en la larga saga un tipo ligeramente antipático. Su orgullo, su altanería, su elitismo, que tanto adornaban al personaje en las primeras novelas, se convierten en “El laberinto azul” en una actitud despótica que en ocasiones toca lo insoportable. No es necesario entender esto como un error de los autores; más bien todo lo contrario. Pendergast, como todos los seres humanos, se hace viejo. Acumula rencor, fracasos, amargura y derrotas, y todo ello va creando un poso en su carácter que en esta novela sale a relucir. No es que esta actitud no resulte creíble, pues de hecho es algo que podemos esperar de alguien que en apenas dos años ha descubierto que su esposa estaba viva sólo para verla morir de nuevo y que tenía dos hijos, uno de ellos era un maniaco homicida. Para alguien que acumula una carga así, mostrarse desagradable ante el mundo es esperable y lógico. Pero ese no es el Pendergast que queremos ver, no es que el agente que nos fascinó. Un Pendergast amargado es un Pendergast al que tal vez le haya llegado la hora de retirarse. 

Pendergast no es el único personaje que nos decepciona en esta novela. Preston y Child ya cometieron el error de asesinar a uno de sus personajes más carismáticos al comienzo de “La danza del cementerio”, una muerte indigna que muchos fans no les perdonan. Sin embargo, parecen no haber aprendido la lección. Tras el esfuerzo realizado en la novela “Dos tumbas” con la presentación de un nuevo antagonista, Alban, Preston y Child deciden que es una buena idea comenzar la nueva entrega de la saga con la muerte de éste. Una vez más, una muerte indecorosa, innoble y que no hace justicia al personaje. Alban es, como tantas otras cosas en esta saga, una oportunidad desaprovechada.  

Por otro lado, cuando leemos “El laberinto azul” tenemos una sensación de estar ante un material conocido, usado en demasiadas ocasiones y que comienza a oler a rancio. El Museo de Historia Natural de Nueva York es un escenario fascinante al que Preston y Child ya le han sacado demasiado partido, y al que no pueden pretender volver cada vez que su línea argumental pierde consistencia. Los que sufrimos en sus salas y pasillos en las primeras novelas ya no nos dejamos sorprender por hombres que se ocultan y acechan entre las estanterías y los muebles de los almacenes. El uso de una vieja historia de crímenes acaecida a finales del siglo XIX, con miembros de la familia Pendergast involucrados en ella, resulta interesante, pero ya se utilizó como trama central en “Los asesinatos de Manhattan”. Puede tener un cierto atractivo conocer más detalles acerca de los padres del siniestro doctor Enoch Leng, e incluso un nuevo vistazo a su gabinete de curiosidades puede tener un cierto encanto. Pero no puede construirse una novela que pretende ser nueva en torno a una idea a la que se le sacó todo el provecho posible. Un buen material, en definitiva, pero un material que se ha utilizado en demasiadas ocasiones.

Por último, hay que poner de relieve los intentos de Preston y Child por conseguir que todas y cada una de sus novelas puedan ser leídas de forma independiente sin necesidad de conocer la trama de las anteriores. Un recurso que les lleva a no mencionar en momento alguno los motivos del trauma de Margo que le impiden adentrarse en el sótano del museo, o a no profundizar en el hecho de que Constance Greene tenga más de cien años pese a su aspecto juvenil. Sólo ciertos guiños velados, menciones que los lectores fieles pueden captar, hacen justicia a unas novelas que fueron infinitamente mejores que ésta. ¿Por qué hacen esto Lincoln y Child? No cabe duda alguna de que el objetivo es puramente crematístico: aumentar las ventas de una novela que es la décima entrega de una saga pero que se pretende que pueda ser consumida por lectores noveles. Una muestra de desprecio a quienes llevamos siguiendo a Pendergast desde hace varias décadas, lectores fieles que somos, al fin y al cabo, los que convertimos las novelas de Lincoln y Child en éxitos mundiales. Por el momento, al menos.