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Fuego Blanco, de Douglas Preston y Lincoln Child

Nocturnis

SINOPSIS DE FUEGO BLANCO

A punto de terminar sus estudios de Antropología Forense, Corrie Swanson decide abordar un trabajo de fin de curso especialmente arriesgado. Alertada por la noticia de extrañas muertes acaecidas a finales del siglo XIX en Roaring Fork, un pueblo de Colorado, decide trasladarse hasta el lugar y poner en práctica su adiestramiento como investigadora. El pueblo, sin embargo, oculta oscuros misterios que ponen en peligro la vida de Corrie. El agente Pendergast, siempre atento de la suerte de su pupila, tendrá que viajar a toda prisa hasta Colorado para ayudar a Corrie en sus investigaciones.

CRÍTICA DE FUEGO BLANCO

Desde hace unos años, las novelas de la serie de Pendergast de Douglas Preston y Lincoln Child no terminan de recuperar su calidad inicial. Muy atrás quedaron las tramas apasionantes de las primeras novelas, “El ídolo perdido” o “El relicario”. Como si hubieran perdido conexión con los protagonistas, como si los personajes ya no dieran más de si, Lincoln y Child están dejando que la serie de Pendergast decaiga hasta niveles que sólo son tolerables por sus seguidores más fanáticos.

“Fuego Blanco” comienza con buenas sensaciones. Recupera al carismático personaje de Corrie Swanson, al que encontramos finalizando sus estudios de criminología en la prestigiosa academia en la que Pendergast logró que fuera admitida tras sacarla del deprimente pueblo de Medicine Creek. Corrie está empeñada en conseguir un buen proyecto de investigación, algo que deje boquiabiertos a sus tutores y a todos sus evaluadores. Un proyecto que le catapulte directamente a la academia del FBI. Pero choca con un tutor receloso que bloquea todas sus propuestas. De modo que Corrie tiene que conformarse con un en apariencia insulso caso de análisis de cuerpos de mineros devorados por un oso a finales del siglo XIX. Naturalmente, el caso encierra mucho más de lo que parece en un principio.

Por su parte, Pendergast se encuentra retirado del mundo tras su traumática experiencia en Brasil, narrada en la trilogía anterior. Conocer los secretos de su esposa y enfrentarse a una trama de nazis del siglo XXI había supuesto un exceso incluso para nuestro poderoso agente del FBI, de modo que, en busca de una recuperación espiritual, Pendergast decide viajar por el mundo en lo que parece ser un interminable año sabático. Un año sabático en el que podía haberse quedado perfectamente habida cuenta de lo que el agente aporta en esta novela.

La trama de “Fuego Blanco” resulta interesante mientras se centra en el personaje de Corrie Swanson y sus indagaciones en el caso de los mineros. Pendergast aparece como un “deus ex machina” para solucionarlo todo, con argucias que ya hemos visto en otros libros y con una falta de pasión que nunca antes habíamos conocido. Pendergast llega a la trama y, cual mago, comienza a sacar conejos de la chistera. Un testigo sorpresa por aquí, un descendiente de uno de los mineros por allá, un viejo amigo que, vaya casualidad, es especialista en las novelas de Sherlock Holmes que dan sentido a todo el caso... Lo que parecía una situación irresoluble, Pendergast lo soluciona de una forma tan rápida como poco creíble. Porque, como bien deberán saber los señores Lincoln y Child, sacar un as de la manga en el último momento es estafar al lector. Y esa es la sensación que uno tiene después de haber leído “Fuego Blanco”. La de haber sido estafado.

Porque la trama de “Fuego Blanco” promete mucho y no da nada. Un relato de Sherlock Holmes perdido. Una conversación entre Conan Doyle y Oscar Wilde. Una mirada al pasado que había funcionado muy bien en “Los asesinatos de Manhattan” pero que en “Fuego blanco” no consigue su objetivo. El ya citado caso de los mineros devorados por un oso décadas atrás, cuyos restos debe Corrie analizar. Y, finalmente, un asesino pirómano que encierra a sus víctimas en sus mansiones antes de quemarlas hasta los cimientos. El lector potencial creerá que con estos elementos resulta difícil escribir una novela aburrida. Pues bien, Lincoln y Child lo consiguen, con creces.

En “Fuego blanco”, ni Pendergast está a la altura de si mismo, ni el escenario lo está a las expectativas de los lectores. Los que disfrutamos con la recreación de la ciudad de Nueva York en las primeras novelas de la serie nos encontramos en este caso con un pueblo, Roaring Fork, sin carisma, sin alma y sin razón de ser. Un supuesto complejo de vacaciones invernales en el estado de Colorado, sin vecinos que le den vida, sin más forma que una serie de vagas descripciones. Qué lejos queda el Medicine Creek de “Naturaleza Muerta”, el pueblo natal de Corrie. Roaring Fork es un escenario prescindible, como todos los acontecimientos que en él tienen lugar.

Por desgracia para el lector que se ilusiona cuando aparece una nueva entrega de la serie de Pendergast, “Fuego blanco” no aporta nada. No sabemos nada nuevo de los supuestos hijos del agente. No sabemos nada de Constance y su hijo. No sabemos nada, en definitiva, de las tramas que nos hacen seguir interesados por estos personajes. Sólo los muy fans de Corrie Swanson encontrarán en “Fuego blanco” algún tipo de motivación al encontrarse a su heroína en situaciones interesantes. Aunque, cómo no, una vez más tenga que ser el inefable Pendergast el que acuda al rescate.

Una última reflexión acerca de esta novela. Si “Fuego blanco” hubiera sido la primera obra que alguien lee de Preston y Child, ¿habrían vuelto a leer alguna más?