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Blackout, de Carlos Fajardo Calpe

Nocturnis

SINOPSIS DE BLACKOUT

Cuando Lucas, un joven de catorce años, descubre una mañana en el cielo una extraña aurora boreal, no puede imaginar que ese extraño fenómeno acabaría con la vida en el planeta como la había conocido desde su nacimiento. La desaparición de toda la tecnología dependiente de motores y electricidad, sume a la humanidad en el caos, un caos en el que sólo los más fuertes pueden sobrevivir. Lucas y su familia logran encontrar asilo en una granja dirigida por un líder mesiánico que controla con puño de hierro todo lo que ocurre en sus dominios. Cuando Mara, la mejor amiga de Lucas, enferma por culpa de la diabetes, Lucas se ve en la encrucijada de obedecer las órdenes y dejar que la enfermedad consuma a su compañera, o abandonar la granja y su seguridad para buscar un remedio en un mundo hostil.

CRÍTICA DE BLACKOUT

Blackout constituye sin duda una sorpresa. Una grata sorpresa. Tanto las sinopsis que pueden encontrarse en las plataformas de venta, como el diseño del libro y los textos de las cubiertas advierten de que estamos ante una novela de consumo destinado al público adolescente. Protagonistas muy jóvenes en aventuras no en exceso truculentas para lectores muy jóvenes con mentes aún no muy perturbadas. Es cierto que Blackout es, en parte, todo esto. Pero también es mucho más.

En primer lugar, la novela está sorprendentemente bien escrita. En una época en la que algunas editoriales han apostado por publicar cualquier manuscrito que llegue a sus manos con tal de que se ajuste a una temática concreta, una realidad que permitido que el género de zombis llene de basura nuestras estanterías, Carlos Fajardo sorprende con una prosa cuidada, adecuada al tono que un escrito de estas características pide. Coloquial cuando hablan las protagonistas. Formal cuando se narra. Cierto que usa un lenguaje sencillo, sin artificio, y que en ningún momento sorprende por su belleza literaria; pero al menos no hay ningún pasaje que haga sangrar nuestros ojos, algo muy habitual en el género de terror español. Sea por su trayectoria previa como periodista y cronista de guerra, sea por su talento, Carlos Fajardo consigue un lenguaje muy adecuado al objetivo que persigue: entretener al lector.

De la mano de este lenguaje sencillo, el autor conduce al lector por una trama en general bien construida. Blackout consigue mantenerse en todo momento en un precario equilibrio entre la oscuridad truculenta y profunda (y absolutamente genial) de “La carretera”, y la insulsa cursilería adolescente de Federico Moccia. Los temas más controvertidos son vistos de lejos, como si el escritor quisiera dejar claro que están presentes en su mundo de ficción, pero que no considera necesario que el lector se detenga en ellos. Hay muertes, pero las vemos de refilón, y sólo afectando a personajes secundarios, sin rostro. Hay hambre y necesidad, pero como recuerdos de un pasado ya superado. Hay canibalismo, como corresponde a toda novela distópica que se precie, pero no asistimos a ninguna escena explícita. El ambiente es, en definitiva, de una oscuridad muy controlada, apenas una suave bruma. Una suave bruma que, sin embargo, parece suficiente para mantener la tensión y para agradar a los lectores más exigentes. Escenas como la llegada de los protagonistas a la granja muestran con crudeza la parte de sufrimiento psicológico a la que se vería sometido todo humano condenado a vivir una realidad como la imaginada por Fajardo. Pero es sólo eso, sufrimiento psicológico. Nada de vísceras, ni amputaciones, ni más disparos a bocajarro de lo necesario. En Blackout, como en la tragedia griega clásica, la muerte se produce siempre fuera de escena, a una prudente distancia de los ojos del público.

La mayoría de los personajes, pese a no contar con una profundidad psicológica y un desarrollo interno muy consistente, cumplen con su función. Es cierto que los secundarios son en gran medida estereotipos sin fuerza alguna, pero al menos algunos de los protagonistas llegan a tener una cierta vida propia. Algunos personajes, como el Piojo o Beth, están dotados de una fuerza especialmente significativa que les hace brillar muy por encima de los dos protagonistas, Mara y Lucas, mucho más predecibles.

Por desgracia, como corresponde a una novela que se vende, y no sé si incluso se concibe, con los adolescentes como público objetivo, el final es de un optimismo que resulta casi insultante. Tras dibujar un mundo arrasado por un apagón que ha destruido toda la tecnología, el autor parece necesitar, en las últimas veinte páginas, lanzar un mensaje de optimismo, una idea de “podemos volver a empezar y hacer las cosas bien esta vez”. Un final cursi, edulcorado, que rompe por completo con la estética y el desarrollo del resto de la novela. Un final en el que, además, se recurre a un giro argumental inesperado y muy poco creíble, que convierte en un par de páginas a malos en buenos y a buenos en malos para, como si de un deus ex machina se tratara, lograr que la aventura de los protagonistas llegue a buen puerto. El contraste con el resto de la novela es demasiado marcado como para resultar aceptable.

Blackout es, en definitiva, una novela que se lee con gran agrado, que engancha y convence durante las primeras doscientas cincuenta páginas, pero que decepciona y deja una sensación de oportunidad perdida por culpa de un final abrupto y demasiado edulcorado para culminar este tipo de tramas.