CONTACTA CON NOSOTROS

¿Tienes alguna duda acerca de alguna de nuestras secciones? ¿Sugerencias, ideas, quejas?

No dudes en ponerte en contacto con nosotros. Tu opinión nos importa. 


Madrid
España

Un portal dedicado al terror en sus múltiples facetas. Literatura, cine, series, antropología, videojuegos... El mundo del terror a tus pies con sólo un clik.

Contenidos

Reseñas de libros, películas, videojuegos y series de terror. Artículos de historia, antropología y arqueología del miedo y el terror.

La magia de los cadáveres: necromancia en la Antigua Roma

Nocturnis

LOS MUERTOS EN LA ANTIGÜEDAD

Esqueleto necrópolis romana

El interés por el mundo de los muertos, siempre a medio camino entre la fascinación y la repugnancia, fue una constante en todo el mundo antiguo. La creencia en una vida más allá de la muerte y en algún tipo de permanencia espiritual una vez el cuerpo se había corrompido fue, con excepción de algunas sectas filosóficas, una realidad que abarcó todo el Mediterráneo. La mayoría de los hombres y mujeres creían que los muertos podían influir de un modo u otro en las vidas de los vivos, motivo por el cual controlar, alejar o manipular estas fuerzas de ultratumba siempre resultó de su interés. Los muertos, como seres (o no-seres) liminales, habitantes de un espacio que no es el de los mortales pero tampoco propiamente el de los dioses, eran vistos como entidades poderosas capaces de alterar el orden natural de las cosas.  No es extraño, en consecuencia, que la necromancia, la magia y los rituales relacionados de alguna manera con los muertos, estuviera muy extendida en la Antigüedad, tanto de forma oculta, en el caso de estar prohibido por las leyes, como de forma abierta y pública. En estas páginas analizaremos el fenómeno de la necromancia en la Roma republicana e imperial, en un marco cronológico limitado no tanto por un criterio historiográfico definido como por la existencia o no de fuentes literarias que nos permitan estudiar esta cuestión con cierta seguridad. En este sentido, nuestro campo de estudio sólo puede comenzar en el siglo II a.C., momento para el que empezamos a contar con un mayor número de fuentes, y concluye en el Bajo Imperio con laextensión e imposición del Cristianismo y el cambio de mentalidades que esto supuso. 

Cuando hablamos de muertos lo hacemos en su sentido más amplio, en todas sus facetas: tanto los cadáveres en diversos grados de conservación y descomposición, como las almas de los difuntos. Los cuerpos de los muertos eran utilizados por los especialistas (brujos y hechiceros, por norma general) con diversos medios y distintos fines: partes de un cadáver utilizadas en la fabricación de talismanes, pociones y ungüentos; reanimación de un cuerpo para que el difunto revele sus conocimientos adquiridos en el más allá; creación de muertos vivientes que sirvieran al hechicero… Por otro lado, los espíritus y fantasmas fueron también objeto de la magia en el Mundo Antiguo, tanto con el fin de aplacarlos como para utilizar sus poderes y conocimientos en beneficio del mago o su contratante. 

LA NECROMANCIA EN LA LITERATURA CLÁSICA

necrópolis romana

La primera distinción que debemos hacer es entre los casos reales, o supuestamente reales, que nos transmiten las fuentes y las recreaciones literarias que, de forma más o menos fantasiosa, hablan del uso de la necromancia. Comenzaremos por esta segunda faceta. La literatura latina, heredera más o menos directa de la griega, demostró un destacado interés por el tema de la necromancia, asociando su práctica siempre a personajes muy concretos. En una primera etapa, estas prácticas, prohibidas por las leyes de la República, eran atribuidas ante todo a mujeres, las primeras brujas de la literatura latina. El modelo latino de bruja presenta un cambio radical respecto al canon griego fijado desde época muy antigua. La bruja griega de época arcaica y clásica sigue como paradigma fundamental la figura de la Circe de Homero, a saber, una mujer joven y hermosa, de origen semidivino, que utiliza su belleza y su sexualidad incontrolada como parte de su encanto como hechicera. Circe ejerció una gran influencia en la configuración de este canon, canon que siguen otras brujas literarias célebres, ante todo Medea, hija del rey de la Cólquide y amante del héroe Jasón. Frente a este modelo de mujer joven y hermosa, la bruja latina se va a desarrollar como una anciana de físico poco agraciado y de intenciones por lo general perversas. Mientras personajes como Circe y Medea podían tener una faceta positiva, las brujas latinas eran descritas como personajes esencialmente negativos. Es un hecho que las brujas modernas y toda la mitología que las acompaña derivan desde el Medievo de estas brujas latinas: ancianas que rondan los cementerios dispuestas desenterrar los cuerpos recién sepultados para hacerse con partes de cadáveres destinadas a sus filtros y pociones. Por otro lado, la caracterización de las brujas como amenaza especialmente peligrosa para los niños está ya presente, como veremos, en la Roma antigua. El cuerpo de un niño, y ante todo de los niños hermosos, poseía para las brujas un especial encanto por la efectividad que sus partes tenían en la preparación de sus hechizos.

medea bruja

Resulta de gran interés detenerse a analizar el motivo de que los antiguos griegos y romanos atribuyeran la necromancia ante todo a mujeres de estas características y muy rara vez a los hombres. Hay que tener en cuenta que la necromancia, pese a ser un tema recurrente en la literatura y practicarse sin duda con cierta frecuencia, nunca fue una práctica admitida por los poderes públicos, ni en las ciudades-estado griegas, ni en los reinos helenísticos ni en la Roma republicana ni imperial. La manipulación de un cadáver para cualquier fin que no fuera el de darle correcta sepultura y rendirle las adecuadas honras fúnebres, estaba perseguido por la ley, y todos aquéllos que quebrantaban esta norme eran castigados de diversas maneras. En consecuencia, los necromantes y las brujas vivían fuera de la ley y debían realizar sus prácticas en secreto. Esta prohibición limitó la práctica de la necromancia en una actividad reservada para personajes liminales que de un modo u otro no pertenecían por completo a la comunidad cívica. En un mundo en el que los ciudadanos varones libres monopolizaban la totalidad de cargos políticos, militares y religiosos, prácticas como la necromancia quedaban fuera de sus posibilidades. Del mismo modo, las mujeres de buena reputación, las matronas tampoco podían practicarla. Había que buscar un personaje fuera de estos límites para atribuirle una práctica prohibida, y tanto romanos como griegos encontraron en un determinado tipo de mujer el modelo perfecto de la necromante. Tenía que ser ante todo una mujer que viviera fuera de los límites de la civilización por diversas maneras, bien porque tuvieran su domicilio en puntos extremos de la geografía, bien porque su modo de vida las situara fuera de la sociedad. Para los griegos lo fueron las mujeres independientes de sexualidad no controlada por un hombre las candidatas para todo tipo de brujerías prohibidas, como Circe y Medea. No debemos olvidar el lugar en el que los poetas situaban las moradas de ambas brujas, Circe en el extremo Occidente y Medea en el extremo Oriente, siempre fuera de la oikoumene. Los romanos no situaron a las brujas en puntos alejados, sino que las hicieron vivir cerca de las ciudades, en lugares poco agradables, rechazados por el resto de los seres humanos y en contacto con las realidades ocultas de otros mundos, lugares tales como cementerios o las diversas entradas de los infiernos. Las brujas latinas estaban, además, fuera del grupo cívico por su modo de vida, pues no estaban casadas ni sujetas a la disciplina de un pater familias, con todo lo que esto conllevaba para la mentalidad romana. Las brujas latinas tampoco tenían hijos, por lo que no cumplían con su principal papel como mujeres y se convertían, de este modo, en personajes que no podían clasificarse dentro de los grupos sociales ordenados de Roma. 

Esta atribución de la necromancia a personajes considerados liminales explica que a partir del Imperio la figura de la bruja, que nunca desapareció del folklore europeo, compartiera escenario con un personaje que fue cobrando popularidad con el paso de los siglos: el mago extranjero. Estos individuos eran generalmente originarios de países como Egipto, Persia o Babilonia, pueblos todos ellos con costumbres religiosas extrañas a ojos de los romanos y que, por tanto, podían interpretarse, no como prácticas cultuales, sino como magia y hechicería. Es probable que el personaje del mago egipcio fuera especialmente asociado con la necromancia por la especial relación que los habitantes del país del Nilo tuvieron con los muertos. El mundo de las momias y los enterramientos en el desierto pudo fascinar a los romanos del siglo II d.C. tanto como a los europeos del siglo XIX, por lo que no es extraño que a los egipcios se les atribuyeran este tipo de prácticas en las que los cadáveres cumplían un papel protagonista. La explicación de la elección de estos personajes extranjeros es la misma que la que ofrecimos para las brujas: son hombres que no pertenecen a la comunidad de ciudadanos y que además proceden de puntos geográficos muy alejados, por lo que se les puede suponer todo tipo de costumbres extrañas, la necromancia entre ellas. 

NECROMANCIA EN ÉPOCA DE AUGUSTO

mosaico esqueleto

Como con tantos elementos de la literatura latina, hay que esperar hasta la época de Augusto para encontrar consolidado el prototipo de bruja que hemos descrito. En concreto, encontramos sus primeras caracterizaciones definitivas en pasajes de las obras de los poetas Virgilio, Ovidio, Tibulo y Horacio, autores todos ellos del círculo que el princeps reunió junto a él para glorificar su idea de la nueva Roma. Las brujas que describen estos autores son siempre ancianas que utilizan sus poderes ante todo para conseguir el amor de hombres hermosos, bien para sí mismas, bien para aquéllas que son capaces de contratar sus nada baratos servicios.  

En Virgilio, en la Bucólica IX, encontramos a una tal Amarillis realizando todo tipo de rituales mágicos para lograr el amor del pastor Dafnis, un hermoso muchacho que hasta el momento ha ignorado sus acercamientos.  Esta bucólica en concreto está repleta de referencias a la magia amorosa, un tema que se había convertido en un tópico ya en la literatura helenística de la que Virgilio es heredero. La propia Amarillis no es una bruja tal y como la hemos descrito, sino una joven que ha contratado los servicios de una profesional, Meris, para lograr sus objetivos. A Meris sí le atribuye Virgilio actividades de necromancia, pues afirma que, además de poder convertirse en lobo, podía invocar los espíritus de los difuntos, sacándolos de sus sepulcros. Por las palabras del autor podemos deducir que la habilidad de Meris era grande, pues Dafnis acaba sucumbiendo ante los poderes desatados por Amarillis siguiendo las instrucciones de la bruja.

El poeta Tibulo, en una de sus Elegías, afirma haber contratado los servicios de una bruja para conquistar a su amada Delia. En sus versos describe a la hechicera y sus poderes, haciendo referencia a sus habilidades para controlar a los muertos. Según el poeta, la bruja en cuestión es capaz de controlar a los Manes (los espíritus relacionados con los antepasados muertos), haciéndoles salir de sus tumbas a una orden suya, así como de, con un silbido, levantar a los muertos reducidos a los huesos en las piras crematorias. Según Tibulo, si una mujer era capaz de convocar las fuerzas del infierno, ¿cómo iba Delia a resistirse a sus hechizos de amor?

Ovidio, en sus Remedia Amoris, por el contrario, se muestra escéptico respecto a los efectos de la necromancia practicada por estas brujas en los asuntos de amor. El poeta desaconseja que el enamorado desengañado recurra a brujas de las que, entre otras prácticas, convocan a las sombras de los sepulcros. Para Ovidio no hay fuerza más poderosa que el Amor, y frente a éste no hay bruja alguna capaz de esgrimir sus poderes, tal como demuestran los fracasos sentimentales de Circe y Medea. Es evidente, por tanto que Ovidio no considera la necromancia un arte de eficacia real, sino tan sólo una práctica destinada a engañar a los crédulos, al menos en lo que asuntos amorosos se refería. 

Horacio es, por último, el poeta de época de Augusto que desarrolla con más cuidado el tema de la bruja y las prácticas necrománticas, sólo superado en esto, como veremos, por Lucano, varias generaciones después. La bruja de Horacio por antonomasia es la anciana Conidia, un personaje que cumple con todos los tópicos literarios que hemos descrito anteriormente y al que encontramos en varios poemas. El Epodo V muestra la escena completa de un aquelarre en el que varias brujas, con Conidia al frente, atormentan a un niño hasta la muerte con la intención de utilizar posteriormente su cadáver en sus filtros y hechizos amorosos. Según se desprende de esta escena, no son tanto las partes del cuerpo del niño como la forma de muerte ritual a la que éste es sometido lo que otorga a los miembros del cadáver un poder especial. El niño tenía que ser enterrado hasta la barbilla, de forma que sólo su cabeza quedara descubierta y pudiera presenciar todo lo que acontecía a su alrededor (Ingallina 1974). La víctima era mantenida en esta prisión hasta que moría de hambre y sed. Durante el proceso, las brujas debían situar cerca de la cabeza del niño todo tipo de platos cocinados con el fin de aumentar su sufrimiento. El poema de Horacio muestra un momento de esta tortura en la que la víctima aún está consciente y es capaz de dirigirse a las brujas, primero en tono de súplica, después con amenazas, mientras éstas bailan a su alrededor y le atormentan. Las viejas pretenden utilizar el cuerpo del niño para, mediante algún tipo de hechizo o filtro amoroso, enamorar a un tal Varo. Sin embargo, el niño, retomando un argumento que ya vimos en Ovidio, advierte a las brujas de la inutilidad de su ritual, pues de nada sirve su magia contra los mandatos de los grandes dioses. De hecho, el niño advierte a sus torturadoras que tras la muerte volvería en forma de espíritu vengador, Furor, y se cobraría su merecida revancha atormentando sus sueños y asegurándose de que aquellas mujeres pagaran su crimen con la lapidación y la privación de una sepultura.

En el Epodo XVII, Horacio retoma el tema de la bruja Conidia, en este caso para disculparse ante ella por medio de una palinodia al modo en el que Estesícoro hizo con Helena. El motivo de esta disculpa es que Horacio ha caído víctima de los hechizos de la bruja, y trata de remediar los efectos de estos ensalmos ganándose su favor, alabando sus poderes y reconociendo su efectividad. Entre las muchas habilidades que el poeta le reconoce a la bruja encontramos la de invocar las almas de los muertos a partir de sus cenizas recientes. Pese a los ruegos de Horacio, Conidia permanece inflexible y se niega a concederle su perdón. 

 LA FARSALIA DE LUCANO Y LA BRUJA ERICTO

El retrato más elaborado de una bruja de toda la literatura latina, y aun de toda la literatura universal, lo encontramos en la Farsalia, obra épica del poeta Lucano que canta los acontecimientos de las guerras civiles entre César y Pompeyo. En el libro VI de esta obra, Lucano dedica más de cuatrocientos versos a describir la escena en la que Sexto Pompeyo, hijo menor del general, acude en busca de los servicios de una mujer tesalia, Ericto, para que ésta le vaticine el futuro haciendo hablar a un cadáver. La crudeza y el efectismo con los que Lucano logra esta composición son una muestra del interés, e incluso la pasión, que estos temas despertaban en sus contemporáneos. No debemos olvidar que frente a los ideales de equilibrio y contención de los poetas de época de Augusto, Lucano se inscribe en una corriente literaria muy distinta que nació precisamente con su generación, en época de Nerón, y que buscaba ante todo los temas truculentos, violentos e impactantes. En esta línea, las brujas y sus prácticas con los cadáveres encajaban a la perfección. Analizaremos el pasaje en detalle.

Lucano empieza su narración describiendo el gusto del joven Sexto Pompeyo por la adivinación por medio de la necromancia, sistema que prefería a otros más populares y aceptados como las consultas a los oráculos de Delfos o de Dodona. El poeta no duda en calificar de repugnantes los gustos de Pompeyo, un calificativo que contrasta con el detallismo con el que posteriormente va a describir las prácticas de la bruja Ericto. Para satisfacer sus deseos, Pompeyo se dirige a Tesalia, la tierra de las brujas por antonomasia en el imaginario de griegos y latinos desde época arcaica. Como dice Lucano, Tesalia es una tierra donde la magia llena todo y donde los acontecimientos sobrenaturales son algo habitual. Sin embargo, incluso las prácticas mágicas normales de los tesalios eran rechazadas por la bruja Ericto, según Lucano, por ser éstos demasiado piadosos. Estamos por tanto ante una bruja especialmente dada a ritos crueles y rechazados por la sociedad.

 La bruja Ericto, descrita por Lucano en su "Farsalia"

La bruja Ericto, descrita por Lucano en su "Farsalia"

Pasa entonces Lucano a describir el modo de vida de la bruja. Ericto se niega a vivir bajo un techo en una ciudad, y prefiere habitar las tumbas de los cementerios tras expulsar de ellas a los espíritus de sus legítimos ocupantes. Estamos por tanto ante la ya comentada cuestión de la liminalidad de estos personajes que viven al margen de la sociedad, en regiones rechazadas por el común de los mortales. Ericto sólo sale de su refugio durante la noche, con los rayos de la luna. Su rostro es pálido y sus carnes casi inexistentes. Donde la bruja pone sus pies, la hierba se marchita y la tierra queda maldita. Este funesto personaje es descrito con un poder sobrenatural para imponer su voluntad a los dioses infernales. Gracias a sus habilidades es capaz, como dice Lucano, de arrancar las almas de los vivos y devolver los espíritus a los cuerpos putrefactos. Una vez descritos sus poderes, pasa el poeta a narrar el modo en el que Ericto consigue sus fines: recoge las cenizas y los huesos aún calientes de las piras finerarias, se alimenta con la carne de los cadáveres que desentierra, con especial avidez por los ojos de los muertos. Ericto compite con los animales carroñeros en rondar las tumbas, e incluso disputa con los lobos la carne de sus víctimas. Tampoco rechaza la bruja ser ella misma la causante de la muerte cuando lo que necesita en sus hechizos es sangre caliente o entrañas palpitantes. Es capaz incluso de arrancar los fetos del vientre de las madres para utilizar sus restos en sus rituales. Vemos, por tanto, que la necromancia no es uno más de los poderes de Ericto, sino que es la fuente principal de todos sus poderes.

    A esta singular mujer se dirige Sexto Pompeyo para indagar acerca del desenlace de las campañas de su padre. Ericto, satisfecha de que su fama como bruja hubiera llegado hasta Roma, accede gustosa a sus peticiones. Según la hechicera, el medio más sencillo para conocer el futuro era reanimar un cadáver recién fallecido de modo que éste pudiera por su boca anunciar el porvenir del consultante. Sexto Pompeyo pide a la bruja que proceda con el ritual, y en el momento en el que ella se dispone a actuar, todas las bestias y las aves de la zona escapan despavoridas. Ericto elige un cuerpo cuyos pulmones no hayan sido dañados, pues necesita que la víctima tenga intacta la capacidad del habla. En aquella ocasión la bruja se contenta con reanimar un único cuerpo, pero según Lucano, de haberlo querido, habría podido alzar a todos los caídos en las batallas recientes en los campos de Tesalia. Una vez elegido el cadáver, Ericto lo arrastra con un gancho hasta el lugar donde llevará a cabo el ritual: una caverna cercana a la entrada de los infiernos. 

Acto seguido, Lucano describe el ritual de reanimación del cuerpo.  Tras abrir el pecho del cadáver, lo llena con sangre hirviendo, y añade spumam lunae (desconocemos el significado exacto de este término usado por Lucano), las babas de un perro rabioso, vísceras de lince, médula de hiena y otros productos extraídos de diversos animales. A esta mezcla le suma una serie de hierbas que sólo ella conoce. Sin embargo, como dice el poeta, el ingrediente más importante es la propia voz de la bruja, sin la cual el ritual no tendría efecto alguno. Ericto nombra a todos los dioses del infierno y les conmina a obedecer sus órdenes: reclama el alma de un recién fallecido para que vuelva a ocupar durante unos instantes su antiguo cuerpo. Al momento el cadáver da signos de volver a estar habitado por un espíritu, pese a que conserva su rigidez y sus heridas abiertas. La bruja ordena al cadáver reanimado a darles las respuestas que le pidan, prometiéndole que a cambio le hará inmune a los poderes de otras brujas, de forma que pueda descansar en paz por toda la eternidad. Obligado por el hechizo de Ericto, el cadáver narra a Sexto Pompeyo los acontecimientos que tendrían lugar en los meses siguientes: la derrota de Farsalia, la muerte de su padre en Egipto, la suerte de Catón en África. Una vez satisfecha la curiosidad del joven, el cadáver pide regresar al mundo de los muertos y Ericto se lo concede. La bruja, fiel a la promesa dada, libera el alma de su prisión y quema el cuerpo en una pira, de forma que nadie pueda volver a utilizar sus miembros para hechizo alguno. 

Como vemos, el episodio aquí analizado es una extensa muestra de las prácticas de necromancia que se atribuían a las brujas de la antigüedad clásica. Poderes por encima de los mismos dioses, nulos escrúpulos a la hora de manipular cadáveres e incluso alimentarse de ellos, gusto por los lugares apartados como cementerios y campos de batalla… El retrato de Ericto hecho por Lucano tuvo una gran influencia en la literatura posterior, hasta el punto de llegar a convertirse durante un tiempo en un tópico literario. Por ejemplo, Estacio, en su Tebaida, cita en dos ocasiones a la bruja por su nombre. También las brujas del Asno de Oro de Apuleyo tienen indudables ecos de la Ericto de Lucano.

Sin embargo, tal y como ha demostrado Daniel Ogden (2008) en una publicación reciente, la influencia de estas brujas de época clásica ha llegado mucho más lejos: ha trascendido los límites del Mundo Antiguo para convertirse en parte del folklore popular de todos los pueblos europeos a lo largo del Medievo y la Modernidad. En el siglo XIX, Ericto y el resto de brujas aquí citadas fueron resucitadas de la mano de los románticos y, ante todo, de los cultivadores de la novela gótica, tan apegada a los ambientes siniestros y a los rituales siniestros. Podemos llevar incluso esta influencia más lejos. El cine de terror del siglo XX y XXI, con todos sus tópicos e imágenes, no puede comprenderse sin analizar el fenómeno de la necromancia antigua como parte ya esencial de nuestra cosmovisión occidental. 

ESQUELETOS ATENAS
amazon